Alegato por Kareem

Debo confesarles que hacía tiempo que ansiaba escribir estas líneas, aunque no sabría decir exactamente el porqué. Mejor dicho, no sabría especificar un solo motivo cuando en realidad es el producto de que confluyan varios. Tal vez sea ese impulso del historiador que le lleva a tratar de arrojar luz sobre los puntos menos iluminados de la historia. Tal vez sea el sentir una simpatía inconsciente por el personaje en cuestión. O tal vez simplemente quiera hacer de abogado del diablo, al tomar parte por una tercera vía que busca combatir una narrativa mediática demasiado superficial y maniquea. Demasiado incompleta. En cualquier caso, si de alguna forma esto pudiera ser considerado un alegato, que así sea. Tengo la sensación de que nunca antes hizo más falta.

En tiempos recientes ha cogido mucha fuerza la idea de dilucidar quién es el mejor jugador de la historia, debate que en la cultura pop norteamericana se denomina habitualmente como “The GOAT Debate”, siendo el término “GOAT” un acrónimo pegadizo de “Greatest Of All Time”. Lo que en todas las partes del mundo resulta una discusión de natural seductora, en los Estados Unidos pareciera ejercer aún más atracción. En ningún otro sitio existe esa obsesión por proclamar al mejor en cualquier disciplina, al indiscutible número uno. Y siendo la NBA un producto de origen netamente norteamericano, no es de extrañar que en aquellos otros lugares donde la liga goza de una implantación fuerte (como pueda ser España), los códigos culturales de la metrópoli acaben calando en los países satélite. Como si, de manera perfectamente lógica, se produjera un traspaso cultural que puede acabar influyendo incluso a otras ligas y disciplinas deportivas.

Hasta tal punto goza de importancia el asunto que es el propio debate el que acaba ejerciendo de protagonista, contribuyendo a articular incontables horas de prensa, radio y televisión destinadas a su resolución. Y en principio, no me parece mal. Nunca he estado del todo de acuerdo con aquellos que afirman que es una aberración realizar comparaciones históricas, basándose en que existen demasiadas barreras temporales y posicionales que hacen inviable la comparación. Sospecho que es un modo de no querer entrar en materia por miedo a no disponer de las armas para hacerlo. Aunque, dicho sea de paso, es esta una postura más digna que la de aquel que se mete de lleno sin saber de lo que habla, o del que pretende hacerlo dictando sentencia al apoyarse exclusivamente en una supuesta experiencia vivida. Una experiencia, a todas luces difusa, que más que arrojar argumentos sólidos, contrastados y originales, solo deja a su paso tópicos repetidos, lugares comunes y medias verdades. Allá donde el análisis verdaderamente profundo no llega, o ni hace amago de llegar, este se sustituye por una absurda falacia de autoridad que pretende justificarse por sí misma. Lo he visto y lo sigo viendo a diario.

Y mal que le pese a alguno, la historia no es solo del que la vivió, sino también, y a veces con más fervor aún, del que se preocupa por estudiarla, comprenderla y contextualizarla cada día de su vida. Más aún cuando, en el caso particular de la NBA, por sus circunstancias especiales, se da la paradoja de que aquel que busca estudiarla en el presente pudiera disponer de más armas para comprender los procesos históricos que el que la ‘vivió’ en su momento, en una era anterior a la expansión y modernización de las telecomunicaciones en la que había menos exposición a las retransmisiones y a la información.

Pudiera ser que la historia pertenezca a los que la contaron, pero también es de los que combaten el esnobismo de aquellos que buscan adueñarse de ella para cerrarla a cal y canto. La historia dispone de medios para defenderse de sí misma. Ahí radica parte de su magia. Lo intrínseco en ella. De lo contrario, no existiría la disciplina.

Pero volviendo a lo nuestro, sí, por supuesto que las barreras citadas anteriormente existen, que estas convierten el asunto en uno espinoso, y que aquellos incautos que las ignoren estarán destinados a obtener conclusiones erróneas. Pero aquí lo que debería importar no es el qué o el quién, sino el cómo. Dicho de otro modo, en qué términos se encauza el debate. Cómo y con qué grado de profundidad se contextualiza. Por ello considero que un debate sano y planteado en estos términos no es negativo. Al revés, fomenta el intercambio de conocimientos, a la par que estimula el espíritu crítico y la curiosidad natural. Esta necesidad, que yo considero sumamente básica, requiere de un poso y un desarrollo. Y ahí es precisamente a donde quiero llegar. La discusión sobre quién es el mejor de la historia ha sido una constante en todas las épocas, pero es ahora cuando, debido a los excesos de la sobreinformación (no confundir con el sano acceso a la información), y el poder de lo viral (fomentado por la comunión de medios masivos + redes sociales), dicho debate ha alcanzado un nivel de inflamación tal que pareciera haberse desvirtuado. Cuestiones que exigen mucha pausa se ventilan a golpe de tweet. Y en el caso particular del que escribe, ha acabado generando incluso cierto sentimiento de pereza lo que antaño consideraba un tema bonito y apasionante.

Una de las falsas premisas que arroja la narrativa es plantear el “GOAT debate” en términos estrictamente bipartidistas. El discurso más primitivamente mediático, que cala con ahínco en las grandes masas de aficionados casuales, e incluso en seguidores habituales (no quisiera sonar elitista, y pido perdón si es así, pero en este caso hay que llamar a las cosas por su nombre), ha implantado la idea de que solo existen dos candidatos posibles: Jordan o Lebron. Y en el camino, ha desplazado de la discusión, o condenado en el mejor de los casos a una mención anecdótica, a un tercer candidato que en varios aspectos pudiera haber hecho más méritos para ser considerado como el mejor (especialmente en comparación con Lebron): Kareem Abdul-Jabbar.

Los factores que han llevado a este fenómeno son complejos y diversos, pero si hubiera que resumirlos en tres lo haría de la siguiente manera:

(1) La mejor versión de Kareem se produce en una era anterior a la gran mediatización televisiva de la NBA. Es decir, antes de la llegada de David Stern como comisionado, y antes de que se convierta en un producto de masas globalizado. El Kareem más dominante, que como veremos más adelante discurre de 1969 a 1980-1982 (aproximadamente), se encuentra algo enterrado en la historia.

(2) Kareem coincide durante casi una década entera con otra figura legendaria y transformadora que en muchos sentidos acapara el clamor popular: Magic Johnson. Si bien la presencia de Magic rejuvenece, potencia y alarga su carrera, también acaba tapando algunos de sus méritos más incontestables. De tal manera que, y sobre todo en España, la imagen de Kareem más enclavada en el subconsciente colectivo es la de su versión postrera (1986-1989), un jugador fantástico, pero mucho menos dinámico, muy veterano, y siempre supeditado a la figura de Magic en la jerarquía grupal (al menos en cuanto a rendimiento). Esto crea la falsa percepción de que Kareem siempre fue el apoyo principal (junto a Worthy) de Magic, cuando en algunos años de la década ocurrió a la inversa.

(3) El carácter específico de Kareem. Unas veces distante, otras enigmático, en las menos afable, y en las peores arisco. Enfrentado durante mucho tiempo a la opinión pública debido a su condición racial, religiosa y política.

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En el siguiente ensayo me propongo realizar una panorámica, lo más completa posible, de Kareem Abdul-Jabbar. Un alegato que buscará entremezclar análisis, anecdotario, narrativa, contexto y legado. A fin de que, al término de esta pieza, el lector obtenga verdadera conciencia de lo que supuso KAJ en el organigrama NBA, y de que se convenza de su verdadero lugar en el escalafón histórico. Ese es al menos mi objetivo principal.

Puesto que capturar toda la carrera de un jugador como Kareem resulta una tarea mayúscula, me ayudaré de una subdivisión en cinco epígrafes que coinciden con las cinco grandes etapas por las que atravesó el pívot neoyorquino. Son las siguientes:

El terremoto: aterrizaje en la NBA, revolución y primeros éxitos con los Bucks.

El solitario: últimos momentos en Milwaukee, fichaje por los Lakers y relación conflictiva con el aparato mediático.

El rejuvenecido: la llegada de Magic Johnson potencia su ánimo en pista y le devuelve al trono de la competición.

El capitán: asentado como referencia moral y deportiva en una de las mayores máquinas de hacer baloncesto que ha conocido la liga, el Showtime de Riley.

El mito: años de ocaso, retirada, legado y el ansiado reconocimiento público.

Prescindiré en este caso de relatar su majestuosa carrera universitaria con UCLA por resultar ajena a nuestros objetivos. En todo caso, dicha labor ya la abordé hace años en esta pieza para Solobasket que comparto por si interesara.

Habiendo realizado esta introducción, es hora de remangarse y ponerse manos a la obra.

PARTE I: EL TERREMOTO

La llegada de Kareem a la NBA, hasta la primavera de 1971 todavía conocido como Lew Alcindor, supuso un auténtico terremoto. No solo a nivel social y/o cultural, pero sobre todo, y más interesante aún, en términos físicos y técnicos. Y digo esto porque, pese a que haya quedado algo olvidado por la narrativa, el primer Kareem fue uno de los jugadores más revolucionarios, en comparación con sus contemporáneos, que ha habido. Técnicamente superdotado, pero al mismo tiempo poseedor de un físico privilegiado. Distinto y casi imposible, por su estructura, en un tipo que supera con holgura los siete pies. Fijaos en qué términos le definía Sports Illustrated en otoño de 1969, poco antes de realizar su debut profesional:

“Lew Alcindor no es el primero de los gigantes magníficos que ha dado el baloncesto, pero es fácilmente el mejor que hay ahora mismo y pronto será el mejor que haya habido. No va a cambiar el estilo de juego del profesionalismo, porque Wilt Chamberlain y Bill Russell ya han hecho eso, aunque con menos dotes físicas. Pero es capaz de dominar cada partido que juega, y también los pensamientos de los rivales que deben enfrentarse a él.

‘Quizá sea el primer siete pies que puede hacer cosas que hacen los jugadores del perímetro’, afirma su compañero Fred Crawford. ‘Puede driblar y realizar movimientos que ningún otro hombre alto ha realizado jamás. Russell podía subir la bola driblando, pero Lew también lo hace, y además realiza amagos y cosas que ningún otro tipo de su tamaño ha hecho’.

‘Si todo lo que hiciera Lew fuera concentrarse en la defensa, podría hacerlo igual de bien que Russell. Posee la agilidad de Bill y además es mucho más alto. En términos ofensivos, posee más recursos que Chamberlain y se mueve bien. Wilt solía ir al poste y ganar terreno, y cuando te lo ganaba no podías hacer mucho más. Lew no tiene tanta fuerza, pero puede poner el balón en el suelo y matarte con su rapidez y agilidad, y Chamberlain no podía hacer eso. Creo que el que prohibieran hacer mates en la universidad fue lo mejor que le podía haber ocurrido. Le despojó de un lanzamiento fácil para él, pero le obligó a desarrollar otros, y ahora es un anotador versátil. Y en el profesionalismo podrá realizar mates también’.

‘Es ágil y flexible, puede jugar en el poste alto o en el poste bajo, así que dibuja patrones de ambas maneras. Y es muy bueno generando jugadas tras capturar un rebote defensivo. Es tan bueno como cualquiera iniciando el contraataque con un pase largo”.

¿Entendéis por dónde quiero ir al citar estas declaraciones?

Lo que se está describiendo aquí es, ni más ni menos, que a un unicornio. Uno completamente ajeno al triple puesto que aún pasarán algunos años hasta que llegue la línea de tres, y muchos más hasta que los hombres altos lo incorporen de manera habitual a su arsenal (a excepción de adelantos históricos como el que representó Sabonis), pero un unicornio al fin y al cabo atendiendo a su componente puramente revolucionario. Tanto en términos físicos como técnicos.

Si bien es cierto que el arma principal de Kareem, ya desde el mismo principio, siempre fue el skyhook, que pulió y perfeccionó hasta convertirlo en el recurso más devastador que ha conocido el baloncesto, y que nadie más ha logrado dominar tras él; es un error recurrente pensar que su componente ofensivo se valió exclusivamente de eso. Más bien al contrario, y como predijo acertadamente Sports Illustrated, encontramos en el mejor Kareem un potencial inagotable en cuanto a recursos: fadeaways, giros al poste, tiros de media distancia y ese impulso tan común en los mejores titanes: gusto por el mate. Liberado de las ataduras colegiales, Jabbar aprovecha sus años de efervescencia física para castigar, cuando así sea necesario, el aro rival cual martillo pilón. Obsérvese, por ejemplo, este partido inaugural ante los Atlanta Hawks durante su segundo curso NBA, la 1970-1971, y que en principio debía celebrar la llegada de Oscar a los Bucks y el debut de Maravich. Obsérvese con qué grado de furia, facilidad y repetición percute la canasta el pívot neoyorquino:

En esta secuencia de octubre de 1969 ante los Pistons, en el que fue su debut oficial en NBA, se ve perfectamente reflejada su agilidad, cómo recibe el balón en el poste alto y desde ahí se dirige hacia el aro para finalizar con una suave bombita:

O esta otra, en la que pone en práctica su capacidad para pivotar y fintar en el poste bajo. El juego más clásico del pívot que él ya domina desde sus primeros momentos como profesional (ayudado, eso sí, por su larga y provechosa formación en UCLA):

Y de tornarse necesario también poseía la habilidad para encontrar al compañero abierto y elevar el rendimiento de los demás. Ya fuera inventándose pases de fantasía para el exterior que corta tras recibir el doble equipo:

Ejercer ocasionalmente funciones de point-center a media pista:

O, efectivamente, iniciar contraataques fulminantes con envíos largos al estilo del fútbol americano:

Si bien el aspecto más conocido de Kareem, y con motivos de peso, sea su dominio técnico en todo lo referente a la anotación, tal vez el más acusado que haya conocido un pívot junto al de Olajuwon; resulta interesante, como ya mencioné antes, lo especial de su físico. Poseía la estructura ideal para un tipo tan alto, de corte fino y estilizado para favorecer sus movimientos, pero al mismo tiempo fibrado, lo que le aportaba resistencia y durabilidad. La combinación ideal. De hecho, apenas se perdió partidos por lesión en una larga carrera de 20 años (salvo dos casos auto-infligidos en los que se fracturó la mano tras golpear a un poste que soporta la canasta y a un jugador rival, y que mencionaremos más adelante), circunstancia prácticamente anómala en un siete pies. Piénsese en los constantes problemas físicos que han tenido que soportar gigantes como Sabonis, Ewing, Sampson o Yao Ming.

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Influye también en Kareem su proceso de mantenimiento. Es decir, todo aquello que le permitió gozar de tal longevidad y que impulsó su excelso nivel deportivo. En primer lugar, su famosa afición al yoga, que le aportó flexibilidad muscular; y en segundo lugar, tal vez más importante, su estrecha relación con las artes marciales y con el maestro Bruce Lee.

Si bien su amistad con el actor y artista marcial ha quedado como una mera anécdota, animada por su papel como villano y rival en las últimas escenas de la célebre ‘Game of Death’, la influencia de Bruce en la carrera de Kareem fue mucho más profunda de lo que pueda pensarse. Le otorgó una disciplina a seguir, tanto en términos físicos como mentales, que contribuyeron decisivamente a su éxito. En palabras del propio protagonista recogidas en un reportaje de la ESPN:

“El Jeet Kune Do fusionó una serie de disciplinas en busca de lograr un resultado, ya fuera la victoria o escapar. Pero el núcleo de la disciplina se basaba en la adaptabilidad y la eficiencia del movimiento. Defendía que cuanto menos movimiento mejor, pero que el realizado debía hacerse con explosividad repentina y velocidad.

‘Bruce creó una amalgama de artes marciales, añadiendo y descartando movimientos que eran menos efectivos. No se malgastaba energía. Lo interioricé de corazón’, afirma Jabbar en su libro. ‘Me preparé logrando mantener la máxima concentración durante los entrenamientos de baloncesto y mis sesiones con Bruce. Como resultado, me volví más fuerte, más rápido y un jugador mucho más intenso’.

‘Bruce fue un innovador y causó que las artes marciales evolucionaran…el skyhook es la ejemplificación de un tiro efectivo que requiere el mínimo movimiento pero mucha velocidad’, añadió Abdul-Jabbar.”

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Este poderío físico guarda relación con el hecho de que, es en esta primera etapa en Milwaukee, cuando Kareem proyecta su mejor y más dominante versión defensiva. Imaginad lo terrorífico que podía resultar para el rival tener que enfrentarse a un siete pies con esa mezcla de agilidad y verticalidad. Suponía un arma devastadora en ambos lados de la cancha.

Así pues, ese terremoto inicial que causa la llegada de Alcindor a la NBA transformará en buena medida el paisaje de la competición. La retirada de Russell le deja como el rival principal de Chamberlain en la lucha por el panteón (ambos protagonizan una rivalidad encarnizada y espectacular en esos primeros setenta), y le aupa como la figura más dominante del baloncesto mundial. Más aún tras la decisiva campaña de 1971, en la que apoyado por Oscar Robertson, logra una temporada perfecta: MVP de del curso regular, MVP de las Finales y campeón de la liga. Por cierto, hasta que lo lograra Jordan en 1991, ningún otro jugador había liderado la liga en anotación y obtenido el anillo en una misma temporada. Alcindor/Kareem lo hizo.

Un dominio que realmente ya se empieza a vislumbrar desde el primer día, puesto que a Alcindor se le puede considerar el mejor jugador del mundo prácticamente desde su temporada rookie. Honor que resulta casi imposible de replicar en cualquier otra figura. De ser una franquicia recién llegada a la NBA, y condenada a las catacumbas de la clasificación, los Milwaukee Bucks se convirtieron, de la noche a la mañana, en un conjunto de +50 victorias y en un factor a considerar en su conferencia. Obsérvese, por ejemplo, las actuaciones que encadenó el pívot en los Playoffs de 1970, los primeros de su carrera, ante equipos como los Sixers pos-Chamberlain o los maravillosos Knicks de Holzman: 36, 33, 33, 33, 46, 35, 38, 33, 38 y 27 puntos en un total de diez partidos. Por cierto, esas cinco últimas actuaciones las cosechó ante la marca de Willis Reed, uno de los mejores defensores al poste de la historia y MVP de la liga en esa temporada 1969-1970. Casi nada.

Tal poderío logró generar miedo, respeto y preocupación a partes iguales en sus rivales. Sin ir más lejos, se cuenta la anécdota de que en vísperas de su primer enfrentamiento ante Alcindor, el legendario Nate Thurmond, uno de los mejores pívots de la época, defensor titánico y por aquel entonces miembro de los Warriors, se tomó la molestia de viajar por su cuenta hasta Los Angeles para presenciar un Lakers-Bucks disputado dos noches antes. ¿El objetivo? Analizar y monitorizar personalmente al joven fenómeno en una época en la que el ‘scouting’ aún andaba en pañales. Desde luego, los esfuerzos de Thurmond no serían en vano puesto que, desde ese punto en adelante, el propio Kareem le definiría como el más duro defensor al que jamás se había medido:

“Le gusta sudar y hacerte sudar a ti”.

Sea como fuere, lo cierto es que el anillo de 1971 con los inolvidables Bucks de Costello (que gozarán de un capítulo en la guía histórica), reforzó la condición de Kareem como indiscutible número uno del mundo. Es este uno de los momentos en los que su popularidad alcanzará mayores cotas.

Por ejemplo, y obviando el caso de Chuck Taylor y las Converse en la era pre-NBA, Kareem se convierte en el primer jugador profesional de baloncesto en firmar un contrato oficial para tener su propia línea de zapatillas, en este caso Adidas, ejerciendo de pionero de un fenómeno que tiempo después veremos reflejado en Erving, Bird, Magic, y sobre todo, Jordan.

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Dicha popularidad fue capaz incluso, y de manera casi milagrosa, de traspasar fronteras en una era donde el aparato mediático de la NBA apenas conocía el significado de la palabra ‘global’. Por citar otro ejemplo, en octubre de 1971, Kareem Abdul-Jabbar fue nombrado “Champion du Mois” (campeón del mes), por el voto de un jurado compuesto por miembros del famoso “Académie des Sports” (Academia del Deporte) francés. Nombramiento que, según una crónica del Times, levantó cierta polémica debido a que estuvo basado en criterios abstractos. Dicho de otro modo, se acusó al jurado de premiar a un deportista al que apenas habían podido ver jugar porque desde Francia era literalmente imposible hacerlo.

“No le he visto jugar, pero he escuchado hablar de él mucho“, declararía sin sonrojarse Marcep Hunsenmen, reportero de L’Equipe y miembro de aquel jurado.

Por su parte, el vicepresidente de la Academia, Jacques Goddet, añadía:  “Creo que le vi una vez cuando enseñaron algunos fragmentos del baloncesto norteamericano en la televisión“. Aunque posteriormente afirmaría no estar del todo seguro de ello.

Por último, hasta la prensa de su Nueva York natal se sumaría a esta orgía inicial de elogios, al escribir en sus crónicas párrafos como el siguiente:

“Salvo que exista un indio de alguna tribu oculta que mida 7”4 pies y que sea capaz de realizar lanzamientos a 30 pies de distancia con ambas manos, Alcindor es el mejor jugador de baloncesto del mundo. Incluso aquellos fans de los Knicks que aplauden y celebran cuando Alcindor se resbala y cae en la pista del Madison Square Garden admitirán que es muy probable que estemos ante el mejor jugador que se ha visto jamás”.

Un tipo de apenas 23 años, y que solo había cumplido dos temporadas completas en la mejor liga del mundo, ya provocaba este tipo de discursos.

PARTE II: EL SOLITARIO

El 1 de mayo de 1971, tan solo un día después de ganar su primer campeonato de la NBA con los Milwaukee Bucks, Alcindor confirma definitivamente la fe islámica que ya abrazó en su etapa universitaria, y oficializa su cambio de nombre, convirtiéndose en Kareem Abdul-Jabbar. Traducido del árabe: noble sirviente del altísimo o del más grande.

Con ello se simboliza el paso a una segunda etapa, una que progresivamente va degenerando en un conflicto interior y exterior muy fuerte, y que contribuirá a minar su imagen mediática. Todo ello al mismo tiempo que, en cuanto al puro rendimiento deportivo se refiere, sigue siendo el jugador más dominante del planeta durante prácticamente toda la década (es vuelto a ser nombrado MVP en 1972, 1974, 1976, 1977 y 1980). He ahí una de las grandes contradicciones que marcan su carrera.

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Con su cambio de nombre, Kareem Abdul-Jabbar, que ya había boicoteado los JJOO de 1968, vuelve a desafiar al establishment conservador de la época, y se convierte en una diana fácil para la opinión pública por su posicionamiento político, social y religioso. No gusta su carácter tan reservado con periodistas y aficionados. Menos aún su entorno y sus ideas. Una mezcla demasiado explosiva.

Pero será un desagradable incidente ocurrido en enero de 1973 lo que terminará por encerrarle en sí mismo, y que le hará ser presa de las más mezquinas hostilidades. Y es que tras comprar una propiedad en Washington y donarla a los Musulmanes Hanafi, una secta rival afín a la Nación del Islam y al controvertido líder espiritual, Elijah Muhammad, cometerá una carnicería imperdonable al privar de su vida a dos adultos y cinco niños. Al parecer, y según las investigaciones, el objetivo del ataque fue Hamaas Abdul Khaalis, amigo personal de Kareem, que se había granjeado numerosos enemigos al criticar abiertamente el estilo de vida de Elijah Muhammad.

Sea como fuere, y aunque Kareem no estuvo involucrado de ninguna manera en tal atroz suceso, la propia policía llegaría a temer por su seguridad. Como relata Sports Illustrated en un reportaje de 1973, durante un tiempo Kareem acudió a los partidos de los Bucks con escolta. Especialmente cuando tocaba jugar fuera (años más tarde, en 1977, la guerra política librada por Khaalis volvería a pillar por medio al jugador, que recibiría varias amenazas de secuestro).

Conforme van pasando los años va gravitando en torno a Kareem una triple lectura mediática: es el titán del baloncesto, el ávido intelectual interesado por la literatura, el jazz y el arte (traba amistad con el célebre Andy Warhol, que le dedica una de sus obras centradas en grandes figuras deportivas), y también el orgulloso musulmán contestatario encerrado en su mundo. Posteriormente, y en especial tras su fichaje por los Lakers, se sumará una cuarta, tal vez la más injusta de todas: es el gran talento individual que no posee el mismo espíritu competitivo que otros como Dave Cowens o Bill Walton. Siendo ambos, y no es casualidad, de raza blanca.

Deportivamente, los Bucks siguen siendo un conjunto puntero en 1972, 1973 y 1974, siendo capaces de volver a alcanzar las Finales en este último año para caer derrotados ante los Boston Celtics. Ni los esfuerzos individuales de Kareem, que anotaría una legendaria canasta ganadora en el sexto encuentro, y que tuvo que cargar con todo el peso de un grupo acosado por las lesiones y en el que Oscar presentaba ya un evidente declive (se retiraría al acabar esa misma temporada), bastaron para superar al conjunto de Heinsohn. El mítico entrenador se haría célebre por experimentar con el ‘small ball’ y hacer jugar a Cowens por fuera con la idea de arrastrar a Kareem, una estrategia que no afectó demasiado al pívot neoyorquino, pero que sí tuvo cierta repercusión en el rendimiento colectivo al permitir a los exteriores de los Celtics atacar una zona interior más saneada.

Coincidiendo con el progresivo ocaso del proyecto Bucks, la moral de Kareem iría cayendo en picado hasta sentirse como prisionero en la misma ciudad en la que había hecho historia. Un ejemplo de la mala sangre acumulada lo ejemplificaría lo ocurrido en un partido de pretemporada ante Boston en octubre de 1974, cuando al pelear por el rebote recibiría un brutal codazo de Don Nelson en el ojo, reviviendo sus eternos problemas de visión (siempre recomiendo el genial ‘Historia de unas gafas’ de Gonzalo Vázquez para profundizar sobre este tema). Fruto de una rabia incontrolable y de la frustración, le propinaría un puñetazo seco al soporte de la canasta. Diagnóstico: mano fracturada y baja para los primeros 17 partidos del curso. Más motivos para enquistar la que ya era una relación disfuncional entre equipo, ciudad y jugador, y que inevitablemente acabará desembocando en su salida de los Bucks.

No deseo volver a relatar al completo la intrahistoria de su trapaso a los Lakers puesto que ya lo realicé en su momento en este hilo de twitter. Solo diré que la importancia de su fichaje por la franquicia angelina puede resumirse en el diseño gráfico que presentaron los Lakers para su ‘Media Guide’ de la 1975/1976. Un cartel en el que podía observarse a Kareem sujetando a los angelinos en la palma de su mano al mismo tiempo que ejecutaba uno de sus sempiternos skyhooks. Como una especie de profecía autocumplida, venía a simbolizar la dimensión como jugador de Jabbar, capaz de cargar con todo, y lo mucho que iban a tener que depender de él sus nuevos socios.

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El Kareem de sus primeros años con los Lakers es una de sus versiones más fascinantes, y en opinión de algunos, representa su pico individual en términos ofensivos. Ahí están sus Playoffs de 1977, en los que pareció alcanzar la pura excelencia anotadora. Si en su etapa de Milwaukee dominó la ejecución del skyhook con nota sobresaliente, ahora sencillamente alcanzará la matrícula de honor, sin dejar de lado otras armas como el lanzamiento tras media vuelta o los mates en contraataque. En este vídeo que realicé en su momento se puede observar todo lo que digo:

Su serie de semifinales de conferencia ante los Golden State Warriors, equipo que se había proclamado campeón tan solo dos años antes con una columna vertebral muy parecida, es quizá uno de los puntos más álgidos de rendimiento que jamás ha experimentado un jugador NBA. Una disputada serie a siete partidos en los que Kareem regaló los siguientes registros:

G1: 27 puntos, 16 rebotes y 7 asistencias con 52 % de acierto en tiros de campo.

G2: 40 puntos, 19 rebotes y 3 asistencias con 64 % de acierto en tiros de campo.

G3: 28 puntos, 14 rebotes y 7 asistencias con 60 % de acierto en tiros de campo.

G4: 41 puntos, 18 rebotes y 3 asistencias con 65 % de acierto en tiros de campo.

G5: 45 puntos, 18 rebotes y 3 asistencias con 57 % de acierto en tiros de campo.

G6: 43 puntos, 20 rebotes y 3 asistencias con 68 % de acierto en tiros de campo.

G7: 36 puntos, 26 rebotes y 4 asistencias con 56 % de acierto en tiros de campo.

Por momentos pareció que la única estrategia defensiva de los Warriors era concentrar a sus cinco hombres sobre Kareem, ignorando todo lo demás y rezando para que al pívot le diera por fallar. Por cierto, dos de esos encuentros están enteros en la red para el lector que quiera deleitarse.

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En la serie ante los Blazers de Walton, el neoyorquino prosigue con su dominio individual, aunque en lo colectivo resulta barrido por un conjunto dotado de mayores recursos. Aquel emparejamiento, que por momentos amagó con soflamar una bonita rivalidad que quise explorar en esta pieza, alimentó en gran medida una narrativa que no le abandonará hasta la siguiente década: que Kareem, siendo el mayor talento individual del planeta, no posee el mismo fervor competitivo que algunos de sus contemporáneos. “He doesn’t try as hard”, será el recurrente soniquete que deberá soportar en una interpretación a medio camino entre falsa e interesada. Jabbar, por su parte, responderá a algunas de las polémicas en los siguientes términos:

“Todo el mundo quiere ver a Goliat perder. Yo sé, por ejemplo, que a Bill Walton no le abuchean tanto como a mí, y ha llegado a decir unas cuantas cosas que resultan mucho más amenazantes para la integridad de este país. Y no se asocia precisamente con gente del establishment. Pero Walton es blanco. Goliat era un extranjero; no era uno de ‘nosotros’, era uno de los ‘otros’. Por lo que respecta a la mayoría de gente que habita este país, yo soy uno de esos ‘otros’.”

 O de esta manera:

“Algunas personas actúan como si yo no contribuyera nada al equipo. Es absurdo. Pero eso es lo que quieren que parezca. Queda bien en los periódicos. Obviamente, si estuviéramos en una posición ganadora no existiría toda esta negatividad. Lo que lo hace tolerable es que, mientras me dedique a hacer lo que los entrenadores me piden, puedo soportar lo demás. Jerry West y yo hemos estado en ambos lados. Todo es más bonito cuando ganas”.

Estas últimas declaraciones hilan con el ambiente enrarecido que marcó sus dos últimas temporadas en los Lakers: 1978 y 1979. Dos años en los que, pese a que su rendimiento sigue siendo excelso, toca fondo en lo anímico y llega a perder cierta pasión por el juego. Su famoso incidente con Kent Benson al inicio de la 1977/1978 añade aún más leña al fuego mediático, y Kareem llega ser acusado de ayudar a propagar la ola general de violencia que asola a la NBA de los últimos setenta.

“Ese momento siempre me perseguirá. Lo vuelvo a ver una y otra vez a cámara lenta. Lo grave es que podría haberlo matado. Estábamos completamente fuera de la jugada cuando me dio un codazo en el estómago. Inmediatamente después entré en una especie de estado mental primitivo, lo cual no tiene nada de racional. Después de tantos años fuera de Harlem, ¿cómo es posible que esto siga dentro de mí?”

Declararía para Sports Illustrated un decepcionado Kareem. Decepcionado consigo mismo pero también con todos los demás. Preso del hartazgo que le producía una competición envenenada desde su misma raíz. En busca de la redención escribiría incluso el guion de una serie de cortos animados que denunciaban la violencia en la NBA, aunque ninguna cadena televisiva se animaría a comprarlos y emitirlos.

Por su parte, el entrenador en aquellos años, Jerry West, no dudaría en salir a defender a su superestrella como siempre había hecho. Una pelea constante con la prensa que en parte le desgastaría mucho como profesional, renunciando en 1979 y pasando a formar parte del cuerpo ejecutivo.

“Si os preocuparais de escribir vuestras historias sobre qué hace que un equipo gane o pierda, en lugar de preocuparos por lo que hace un individuo, a todos nos iría mejor. El hecho de que perdamos no tiene nada que ver con Kareem. ¿Es que no veis los partidos? No pasamos. No reboteamos. Estamos jugando de pena en defensa. Parece que cuando Kareem no anota 30 puntos, asumís que la culpa de la derrota debe ser suya”.

Denunciaría algunas veces.

“Tienes que conocer personalmente a Kareem para saber cómo le pudo afectar una experiencia así [refiriéndose al incidente con Kent Benson]. Se ha vuelto más callado. Se ha vuelto a recluir en sí mismo. Ha sido un cambio tremendo. Cuando has conseguido lo que él ha conseguido, no necesitas que algo así ocurra en tu vida. Él recibe un castigo físico constante, pero cuando decide devolverlo se convierte en el malo de la película. Nunca puede resultar vencedor. Es completamente injusto”.

Ratificaría en otras.

“Este equipo ha promediado 48 victorias durante las últimas tres temporadas, y os diré algo más: me da exactamente igual si está en el punto álgido de su juego, en el punto bajo o en el punto medio, sin Kareem no somos capaces de ganarle a nadie. Este equipo sencillamente no le complementa de ninguna manera”.

Sentenciaría más tarde.

El conjunto angelino lograría disputar los Playoffs de 1978 y 1979, cayendo en primera y segunda ronda respectivamente ante los a la postre campeones Seattle Supersonics. De nuevo liderados por Kareem, aquellas escuadras en principio reforzadas con más talento bruto (Wilkes, Dantley, Nixon, Charlie Scott o Cooper), no lograrían optimizar todos sus recursos. Se echaba en falta poder reboteador en la pintura para liberar de carga a Kareem, el equipo nunca pudo desarrollar química debido a las lesiones de piezas clave como Wilkes o Cooper (este último fundamental a la hora de marcar la pauta defensiva), y piezas como Dantley, eternamente cuestionado por su excesiva afición por los aclarados y catalogado como ‘ball stopper’, no encajarían del todo con la dinámica grupal. Pero más importante aún, faltaba un verdadero motor que añadiera frescura al equipo y que ayudara a cohesionarlo. Ese tipo que lograra levantar el ánimo del mejor jugador del mundo.

No tardaría mucho en llegar.

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PARTE III: EL REJUVENECIDO

El verano de 1979 resultaría absolutamente crucial, no solo para Kareem, sino también para los Lakers. Tal vez el más decisivo en la larga historia del conjunto angelino. Se produjeron una serie de cambios a nivel deportivo e institucional que terminaron transformando la situación disfuncional que gobernaba desde hacía años.

Lo primero y fundamental es que la llegada de Jerry Buss como propietario, que le compraría la franquicia a Jack Kent Cooke, y que como relata Jeff Pearlman en ‘Showtime’ se vio obligado a vender el famoso edificio Chrysler en el proceso, cambiaría el aspecto general de la franquicia. Buss la introdujo directamente en la modernidad y le aportó un aire de glamour y grandeza que ya no le abandonaría durante toda la década.

Lo segundo es que hubo un cambio de entrenador. El hartazgo de West le llevó a ocupar un puesto como consejero de Bill Sharman, el General Manager en funciones. Para sustituirle se pensó originalmente en Jerry Tarkanian, el mítico entrenador de UNLV, que teniendo ya apalabrado un acuerdo histórico con Cooke y Buss (iba a cobrar la cifra más alta jamás obtenida por un entrenador NBA hasta ese momento), dio marcha atrás cuando vio que el cadáver del agente que le había negociado el contrato, Vic Weiss, fue hallado en el maletero de un coche con varias heridas de bala en tórax y cabeza. La muerte de Weiss, que siempre había fraguado relaciones demasiado estrechas con diversos círculos mafiosos, afectó demasiado a Tarkanian y causó que se terminara quedando en Las Vegas (aunque las malas lenguas y la pura especulación aludieron a otros motivos).

Con Tarkanian fuera de juego, el siguiente en la lista fue el recientemente fallecido Jack McKinney, que lograría darle la vuelta a la situación de los Lakers y patrocinar un juego fresco, dinámico, basado en ataques rápidos y fulgurantes. Tras comenzar la temporada con un récord de 10 victorias y 4 derrotas, McKinney sufriría un aparatoso accidente de bicicleta la misma mañana que se disponía a ir a jugar un partido de tenis con su asistente, Paul Westhead. A la postre, los graves daños sufridos por McKinney provocarían que el propio Westhead tomara las riendas del conjunto.

Lo sé. Todo un galimatías que merecería su propio artículo. Quizá en otra ocasión.

Pero el cambio que realmente transformó la situación de los Lakers, y que más afectó en lo deportivo a Kareem, fue la llegada al equipo, casi por un capricho del azar, del brillante e inolvidable Magic Johnson. Con el playmaker de Michigan State en el equipo, y compartiendo funciones creadoras en el perímetro con el velocísimo Norm Nixon, la vida de Kareem, al menos en lo estrictamente deportivo, se hizo más fácil. Aunque su skyhook y sus aclarados a media cancha seguían resultando cruciales, ahora pudo obtener más canastas fáciles (economía y eficiencia de movimiento de la que hablaba Bruce Lee), en algunos sentidos recuperar la mejor versión defensiva de sus años en Milwaukee, y reservar más energía en Liga Regular para cargar con todo en Playoffs.

Por si fuera poco, la química entre ambos (al menos en cancha) resultó realmente espectacular desde el primerísimo día, como lo ejemplifica esta secuencia en un partido ante los Clippers que inauguraba la nueva temporada:

En todo caso, y pese a la llegada de Magic, debe tenerse bien presente una cosa: Kareem seguía siendo, de manera indiscutible, la referencia del equipo y el mejor jugador de toda la liga. De hecho, ganaría el último de sus seis MVP’s en esa 1979/1980, imponiéndose con suma facilidad en la votación.

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Y pese a haber cumplido ya 32 años, seguía conservando una forma física espectacular, que le permitía ejecutar sus habituales movimientos rápidos y precisos, como este skyhook ante la defensa de Cowens durante un enfrentamiento de Liga Regular ante los Celtics.

Tanto impresionaba su rendimiento que finalizando uno de sus mejores partidos, el famoso actor Sean Connery, que invitado por Jerry Buss acudía al Forum para ver un partido de baloncesto por primera vez en su vida, entró en el vestuario, se acercó a la taquilla de Kareem, le estrechó la mano, sonrió y espetó un contundente:

Usted caballero se sitúa, tanto metafísica como literalmente, en un escalafón más elevado que el del resto de estos señores”.

Pero si en Liga Regular el pívot había completado una temporada fantástica, revitalizando su juego habiendo pasado ya la treintena, de nuevo sería en Playoffs donde se elevaría a cotas realmente celestiales. Un incremento productivo que resultó muy necesario, sobre todo para lograr imponerse a Seattle en Finales de Conferencia (el equipo que les había eliminado los dos años anteriores) y a Philadelphia en las Finales. En este cuadro se puede observar, en términos numéricos, dicho incremento.

SEASON PTS/G REB/G ASIST/G PER TS %
1979/1980 LR 24.8 10.8 4.5 25.3 63 %
1979/1980 PO 31.9 12.1 3.1 27.9 61 %

Pero más allá de los fríos números, fue la sensación de total superioridad que transmitió durante los Playoffs. Por fortuna, este servidor ha podido ver todos los partidos íntegros de que disponemos (dos encuentros de la serie ante Phoenix y las series enteras ante Seattle y Philadelphia). Quizá no cultivara el mismo salvajismo estadístico que en años como 1971, 1972, 1974 o 1977, pero por momentos da la sensación de que es ahora cuando se está viendo al mejor Kareem. El más perfectamente pulido, el más maduro, y el que posee el mejor entendimiento global del juego. Pero quizá, repito, solo sea una sensación personal. Desde luego, si por algo se caracteriza Kareem es por presentar variados picos de juego a lo largo de su larga trayectoria. Y resulta realmente difícil quedarse con uno.

En cualquier caso, ese factor ‘intangibles’ se puede observar en secuencias como esta ante Seattle, en la que a su habitual poder intimidador y taponador, suma su habilidad para resultar decisivo en la defensa horizontal. Es decir, a la hora de intercambiar marcas, ir a las ayudas y ahogar espacios. Un elemento decisivo teniendo en cuenta que el perímetro de los Lakers tradicionalmente sufría para contener al de Seattle, compuesto por la rotación de Gus Williams, Dennis Johnson y el bombardero Fred ‘Downtown’ Brown.

Pero es en las Finales ante los Sixers donde Kareem regala su mejor baloncesto, ejerciendo de eterno faro ante la que había finalizado como la mejor defensa del curso regular. Y es en este escenario, también, donde se termina creando una narrativa mitificada que, a los ojos de la historia, resulta sumamente injusta. Y lo digo porque, siendo el mejor jugador de la serie y cuajando una de las mejores actuaciones en Finales que se han visto, paradójicamente el mayor perjudicado terminó resultando el propio Kareem.

Y me explico.

Su lesión en el quinto partido abrió la puerta para que Magic Johnson cuajara una actuación memorable y de sobra conocida en el sexto y último encuentro. La valentía y desparpajo del novato le valió para ser nombrado MVP de las Finales y, al mismo tiempo, articular un discurso mitificado: que Magic fue el jugador más valioso de la serie. Una premisa que no podría resultar menos cierta. Y no debe confundirse esto con una crítica a Magic, ni mucho menos, tan solo es la constatación de cómo una narrativa puede terminar enterrando la realidad objetiva hasta transfigurarla. Así jugó Kareem en los cinco primeros partidos:

G1: 33 puntos, 15 rebotes, 5 asistencias y 6 tapones con un 66 % de acierto.

G2: 38 puntos, 14 rebotes, 3 asistencias y 5 tapones con un 61 % de acierto.

G3: 33 puntos, 14 rebotes, 3 asistencias y 4 tapones con un 43 % de acierto.

G4: 23 puntos, 11 rebotes, 4 asistencias y 4 tapones con un 40 % de acierto.

G5: 40 puntos, 15 rebotes, 1 asistencia y 4 tapones con un 66 % de acierto.

Mención especial a ese quinto encuentro. Una de las actuaciones más brillantes en la historia de las series Finales, olvidada de forma injusta por lo ocurrido en el sexto. Con la serie empatada a dos, y volviendo a Los Angeles, los Lakers necesitaban ganar para recuperar el liderato y marcar la pauta que determinaría el resultado final. De hecho, se suele decir que en una serie a siete partidos, el quinto encuentro resulta crucial porque es el ‘pivotal game’ (sobre el que pivota todo lo demás).

Kareem acaba con 40 puntos en ese duelo, se lesiona el tobillo al final del tercer cuarto, y regresa de forma heroica al inicio del último cuarto (sacrificando su salud en el proceso y causando que no pudiera estar disponible para el sexto partido) para ayudar a su equipo a obtener una trabajada victoria anotando varias canastas. Más memorable aún, Jabbar saca fuerzas de flaqueza para sellar la velada con un mate icónico ante la defensa de Erving. Una secuencia que servía, por si sola, para desterrar la acusación que le había perseguido durante años, y que le señalaba como un jugador poco intenso y poco sacrificado.

En cualquier caso, y a pesar del rendimiento de Magic Johnson, la baja de Kareem para el sexto partido causó tanto revuelo en Philadelphia que hasta el último momento estuvieron muy pendientes de su futuro. En un reportaje de Sports Illustrated, publicado nada más acabar las Finales, se refleja fielmente la histeria colectiva que generaba en los Sixers la mera presencia de Jabbar. Lo mucho que podía llegar a intimidar a un equipo y a una ciudad entera:

“Fue difícil de convencer a los Sixers de que Jabbar no se materializaría súbitamente como un genio de la lámpara. Esa misma tarde, el entrenador, Billy Cunningham, dijo: ‘Creo que no vendrá cuando acabe el partido y yo no le he visto. Pueden mandarle en cualquier momento con un jet privado o algo’. Tanto es así que, durante todo el día, los fans de Philadelphia han estado vigilando sus carreteras y cielos con el pánico en el cuerpo, ya que varios avistamientos de Kareem fueron reportados, incluido uno proveniente de un taxista que llamó a una estación de radio asegurando que le había recogido en el aeropuerto y llevado hasta el Spectrum. A otro fan se le escuchó decir antes del partido: ‘Sé que está aquí. No sé dónde, pero sí sé que está por aquí, en algún sitio’.”

Tiempo más tarde, Bill Livingston, un periodista de Philadelphia acreditado para esas Finales, revelaría las presiones que recibieron varios de sus compañeros a la hora de votar el MVP de las Finales. Según su testimonio, a la NBA y la CBS no le interesaba otorgarle el premio a una ‘silla vacía’ (es decir, a un jugador que no había disputado el partido), y además, el hecho de recompensar a una personalidad carismática y magnética como la de Magic Johnson podía ofrecer beneficios en el largo plazo. Recordemos que en esta época la liga aún sufría para vender su producto, y que de hecho ese sexto encuentro se emitió en diferido en la mayoría de los hogares norteamericanos.

Sea como fuere, lo cierto es que la votación final se decidió por un resultado apretadísimo. Un balance que solo la confesión postrera de Livingston puede empañar:

“Unos cuantos de nosotros cambiamos el voto, negándole el trofeo a Kareem por un resultado final de 4-3”.

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PARTE IV: EL CAPITÁN

En los años posteriores al primer título con los Lakers, la dicotomía Magic-Kareem se puede interpretar desde diversos puntos de vista.

(1) En lo estrictamente deportivo se siguen entendiendo como uña y carne. No hay duda de que su compenetración les hace mejores. Les eleva como jugadores.

(2) En la jerarquía grupal, Magic atraviesa por fases de turbulencias (resulta muy cuestionado por su rendimiento ante Houston en los Playoffs de 1981, por su conflicto con Westhead al inicio del curso siguiente, y por sus errores en las Finales de 1984, en las que cae derrotado ante los Celtics de Bird y es apodado ‘Tragic’ Johnson por McHale), y otras de júbilo (firma el contrato revolucionario de 25 millones por 25 años en 1981, es considerado el motor de una escuadra magnífica en 1982, se redime de su actuación del año anterior en las Finales de 1985 ante Boston). Pero lo que parece meridianamente claro, es que va ganando peso progresivamente en el equipo (sobre todo tras la llegada de Riley), pero sin desplazar del todo a Kareem como referencia. Hasta 1985 o 1986, aproximadamente, se produce una especie de ‘liderazgo compartido’ en los Lakers, una situación de 1a y 1b en la que Magic y Kareem se intercambian como jugador más importante en función del momento y del rival.

(3) El liderazgo interno del equipo, a nivel de vestuario, también es compartido. Magic adopta el papel de ‘poli bueno’, es la voz dinámica y alegre que saca lo mejor de sus compañeros. Un tipo vitalista que impregna a toda la franquicia de ese espíritu. Kareem es el ‘poli malo’, mucho más serio y retraído, y en algunos sentidos más conectado a la realidad. Es el elemento necesario que equilibra un vestuario demasiado inclinado hacia el optimismo y la extroversión. En su presencia, Kareem solo acepta seriedad y profesionalismo. Además, que Riley le mantenga como capitán es una muestra de la confianza que ha depositado en él. Le necesita ahí dentro como contrapunto emocional.

Cabe detenerse un momento en ese último punto, porque refleja fielmente la dinámica que se estaba forjando en los Lakers. El contraste es tan evidente que llega a producir pequeños roces e incendios, apagados rápidamente gracias a la contundencia de los resultados deportivos. Ganar como remedio natural para los conflictos. Por ejemplo, poco después de que Magic firmara su famoso contrato de 25×25, Kareem se reunió con Buss y West para protestar por la decisión, aludiendo a que podía ser peligroso que un tipo tan joven gozara de tanto poder (por supuesto, el factor celos, y el orgullo simbólico de querer mantenerse como la figura mejor pagada del equipo, también influyeron). No obstante, y a pesar de estas pequeñas trifulcas, la relación a lo hermano pequeño-hermano mayor entre Magic y Kareem siempre termina encauzándose. Desde luego, jamás alcanza el nivel de hostilidad que pudo observarse en el caso de Bryant y O’Neal, por ejemplo.

Magic observa atentamente a Kareem, y aunque trata de sacarlo de su cascarón emocional (lográndolo por momentos), termina comprendiendo que la mejor manera de relacionarse con él es concederle su espacio. No pretender cambiarle ni forzar nada. Por su parte, y aunque Kareem no se impone el grado de reclusión de finales de los setenta, sigue siendo un tipo distante. En ocasiones demasiado cortante con sus propios aficionados. Resulta muy interesante lo que relató Magic en el libro ‘Cuando éramos los mejores’ referente a lo conflictivo de su carácter. Os transcribo un extracto:

“Magic estaba preocupado por cómo encajaría Abdul-Jabbar el sutil cambio de jerarquía en el equipo. Había sufrido mucho en el pasado y sabía mostrar el respeto que correspondía a un jugador al que había idolatrado de niño. Sin embargo, y a pesar de todo, Kareem continuaba siendo un enigma para él. Aunque a veces podía ser extrovertido, incluso algo pícaro, esos momentos eran eclipsados por otros más frecuentes en los que se mostraba taciturno y distante. En aquellos días, Johnson tuvo dudas sobre si llamar la atención del capitán por su carácter. Si cualquier otro jugador hubiera causado ese tipo de fricción en el equipo, Magic le habría lanzado una advertencia. Pero Abdul-Jabbar era diferente. Hacer que estuviera contento requería un equilibrio delicado de respeto y distancia.

Lo que era indiscutible es que al equipo le iban mejor las cosas cuando el pívot estaba por la labor y concentrado. Por lo que su compañero podía saber, había dos Abdul-Jabbar: el hombre incomparable, elegante y elocuente que hizo que a Magic se le saltaran las lágrimas en su ceremonia de retirada cuando pronunció unas palabras salidas directamente del corazón, y el hombre rencoroso y obstinado que despreció a Riley en su ceremonia de entrada en el Salón de la Fama. ‘Gracias a Dios que Kareem era mi compañero, porque me daba miedo su forma de tratar a la gente’, cuenta Magic. ‘Hay muchas maneras de decir “no” si no te apetece firmar un autógrafo. Puedes decir, “Ahora estoy ocupado” o “Perdón, hoy no”. Pero Kareem no lo hacía de una forma demasiado amable. Algunas veces hacía llorar a la gente. Es algo que le duele ahora que ya no juega’.

Más de una década después de que ambos se retirasen, Kareem recurrió a Magic para aprender de su habilidad con los negocios. Había tenido problemas para encontrar su sitio desde que había dejado de jugar y buscaba el consejo de Magic, que había ganado mucho dinero fuera de la pista.

-Quiero ser como tú- le dijo el pívot. Magic negó con la cabeza.

-No puedes- respondió-. Para ser como yo tienes que estrechar manos, abrazar a la gente, asistir a banquetes. Tienes que ser simpático de la mañana a la noche. Tienes que poder mantener conversaciones triviales. Tienes que poder conectar.

-Bueno, quizá podría hacerlo de otra manera- dijo Abdul-Jabbar.

-No hay otra manera- le explicó Magic-. Hay que ser cordial. No puedes tratar a tus compañeros de equipo de mala manera, humillar a los periodistas o pasar de los aficionados.

Magic le contó a Abdul-Jabbar una historia que había sucedido en su segunda temporada como profesional y que le acompañó durante una década. Cuando los Lakers estaban terminando una sesión de tiro antes de un partido, un hombre y su hijo se acercaron tímidamente a Abdul-Jabbar y le preguntaron: ‘Kareem, por favor, ¿podemos hacernos una foto contigo?’. ‘No’, replicó Abdul-Jabbar, sin dejar de lanzar. Magic, que estaba cerca, pudo ver que el niño estaba destrozado. Si bien él todavía no era All-Star ni MVP ni le conocían en todos lados, cosa que no tardaría en lograr, se dirigió al padre y le dijo: ‘¿Y qué os parece si os sacáis una fotografía conmigo?’. Mientras el padre, agradecido, hacía la foto, Magic bromeó: ‘Quizá yo también entre en el Salón de la Fama algún día’.

Veintidós años más tarde, Johnson estaba sentado en una sala de juntas en representación de Magic Johnson Enterprises con vistas a cerrar un acuerdo. Después de exponer sus argumentos, se le acercó un hombre mayor que él. ‘Tú y yo hemos coincidido antes, hace mucho mucho tiempo’, dijo. ‘Posaste para una foto con mi hijo. Kareem nos mandó a freir espárragos, pero tú estuviste muy amable’. El niño había crecido y se había convertido en un exitoso abogado angelino. Su padre era el consejero delegado de la compañía a la que Magic quería ofrecer sus servicios. ‘Ahora mi hijo tiene veintinueve años’, dijo el hombre, ‘y todavía tiene esa fotografía colgada en la pared’. Mientras Magic salía de la reunión con un nuevo cliente multimillonario en su cartera, pensó: ‘¿Ves Kareem? Tú podrías haber estado en mi lugar’”.

En lo estrictamente deportivo, Kareem siguió acumulando éxitos, destrozando récords y engordando su legado. Por ejemplo, el 5 de abril de 1984, en un partido ante los Utah Jazz disputado en Las Vegas, el pívot lograba convertirse en el máximo anotador de la historia. Un honor que todavía ostenta y que será sumamente complicado arrebatarle.

Por otro lado, es en estos años de mitad de los ochenta cuando Kareem seguramente alcance su pico como pasador y facilitador. Ya venía siendo un buen pasador desde sus primeros momentos en la NBA, pero ahora alcanza una comprensión máxima del juego colectivo. Una virtud natural potenciada por la generosidad de Magic (que contagia a todos) y el sistema de Riley, que pareciera estar diseñado para triturar rivales.

Pero sin duda, uno de sus momentos más célebres como profesional ocurriría en las históricas Finales de 1985. Un escenario en el que Kareem reunió todo el caudal de talento que le quedaba dentro para destrozar al mejor ‘frontcourt’ del mundo (Parish-McHale-Bird), romper la maldición de los Lakers en Finales ante los Celtics, y ser nombrado MVP de las Finales a la edad de 38 años. Aún hoy el jugador más longevo en ser premiado con tal galardón. En aquel escenario se pudo ver a un Kareem realmente titánico, intenso y comprometido, estimulado por las críticas cosechadas tras su actuación en el primer partido de las Finales de 1985 (el célebre ‘Memorial Day Massacre’) y el quinto de las Finales de 1984, en el que su buen rendimiento global en la serie se vio oscurecido por las imágenes de ese quinto partido en el infernal Garden, agarrado a una bombona de oxígeno y reflejando más vulnerabilidad que nunca.

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En todo caso, obviando ese primer partido ante Boston en las Finales de 1985, en los cinco restantes Jabbar cosechó los siguientes registros:

G2: 30 puntos, 17 rebotes y 8 asistencias con un 57 % de acierto en tiros de campo.

G3: 26 puntos, 14 rebotes y 7 asistencias con un 76 % de acierto en tiros de campo.

G4: 21 puntos, 6 rebotes y 4 asistencias con un 58 % de acierto en tiros de campo.

G5: 36 puntos, 7 rebotes y 7 asistencias con un 57 % de acierto en tiros de campo.

G6: 29 puntos, 7 rebotes y 4 asistencias con un 61 % en tiros de campo.

Quiero que el lector interiorice un dato que a veces se pasa por alto: pasaron 14 años desde que Kareem ganó su primer y último MVP de las Finales (1971-1985). Pensad en eso durante un momento. A excepción quizá de Karl Malone (cuya tendencia era bajar su rendimiento en postemporada), no creo que hayamos visto a otro jugador capaz de mantener tal nivel durante tantísimo tiempo. No puede haberlo porque no es la norma.

Y el que os escribe no le otorga excesiva importancia a la longevidad o a las estadísticas acumulativas a la hora de comparar jugadores en el espectro histórico, pero en el caso particular de Kareem, sencillamente añade una dimensión extra a lo que ya es un currículum irrepetible.

Es la guinda del pastel.

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PARTE V: EL MITO

Como decía en la introducción de esta pieza, la imagen de Kareem más enclavada en el subconsciente colectivo (en especial a este lado del charco), pertenece a su versión postrera. Con el Showtime funcionando a pleno rendimiento, Magic asentado como indiscutible líder y referencia de la escuadra (gana su primer MVP del curso regular en 1987), Kareem permanece como un eterno tótem. Como un mito inalterable. Un apoyo crucial para el base que, en numerosas ocasiones, puede desahogar el ataque a media pista con su skyhook. Sí, porque el recurso de meter el balón para Jabbar en el poste cuando todo lo demás falla, y la presión acecha, seguirá estando presente. Muy presente.

Como muestra de lo dicho un pequeño ejemplo: Riley confía en Kareem para ejecutar la jugada más decisiva y polémica de las Finales de 1988 ante Detroit. En el sexto encuentro, con unos 17 segundos por jugarse y abajo 1 punto en el marcador, Kareem lanza un gancho y provoca la controvertida falta de Laimbeer. Falta que para muchos no fue tal, pero que en cualquier caso refleja la importancia que seguía ostentando el pívot. Una vez en la línea de tiros libres, Jabbar anotó los dos lanzamientos con la tranquilidad del que ya no tiene más cimas que conquistar. Con la misma calma del que ya no puede ser sorprendido por ninguna situación o escenario.

Pese a todo ello, y pese a los méritos que sigue acumulando Kareem, como ya dije es a partir de 1986 cuando se aprecia el cambio definitivo en la jerarquía colectiva de los Lakers. Una transformación que se puede comprender desde dos frentes:

(1) Tras la sorprendente eliminación ante los Houston Rockets de las ‘torres gemelas’ en 1986, cuando un Kareem digno en el aspecto ofensivo, se ve demasiado frágil en el terreno defensivo. La enorme brecha de frescura física que se abre entre él y jugadores como Olajuwon o Sampson se pone de manifiesto en unos Lakers que, por si fuera poco, no le ofrecen demasiado apoyo interior (el experimento de Maurice Lucas no funciona). Faltan centímetros en el juego interior de los angelinos. Perfiles rocosos que aporten músculo y capacidad reboteadora. Piernas jóvenes, en resumidas cuentas (los Lakers estuvieron muy cerca de traspasar a Worthy a Dallas a cambio de adquirir los derechos de Maurice ‘Tractor’ Taylor). Al final, y gracias a un golpe de suerte, la solución a ese problema se encontrará con la adquisición de Mychal Thompson y una mayor confianza en las posibilidades de AC Green.

(2) Abriendo la temporada 1986/1987, Riley le pide a Magic que de otro paso más al frente y asuma más caudal anotador. Que se libere definitivamente de la sombra de Kareem y asuma el liderazgo total del grupo. Un plan que debe contar, ante todo, con el beneplácito y el visto bueno de Jabbar, que se reúne con ambos para dibujar la nueva ruta estratégica. Magic, que se pasa el verano entero mejorando su juego al poste, no decepciona, y termina firmando la mejor temporada de su carrera. Desde ese punto en adelante, hasta que se retire prematuramente en 1991, tal nivel de excelencia nunca le abandonará.

Tras los títulos de 1987 y 1988, que engordan una vitrina ya insuperable, Kareem vuelve a mostrarse más humano que nunca en su última temporada como profesional: la 1988-1989. Muy lejos de sus mejores números, desgastado por el paso del tiempo, y por primera vez en su vida, presa de unos problemas físicos que, aunque no demasiado graves, le limitan su rendimiento. Kareem, que ya anhela con nostalgia la utopía colectiva vivida en años anteriores, empieza a contemplar seriamente la retirada:

“Tienes que recordar que el juego todavía me parecía divertido. Ganábamos. Éramos campeones. ¿Sabes cuál fue el año más fácil de mi carrera? La temporada 86-87. La importancia de mi rol disminuyó un poco, pero todavía era una parte importante del equipo. Regresé en un gran estado de forma, jugamos muy bien la mayor parte del año, y solo perdimos tres partidos durante los Playoffs. Y eso solo fue hace dos años. Sí, la temporada pasada fue dura, muy dura, tanto física como mentalmente. Pero volvimos a ganar. Todavía era divertido”.

Y pese a las resistencias iniciales por dejarlo, terminaría claudicando ante las críticas de prensa, aficionados y compañeros:

“El dramático declive en el juego de Abdul-Jabbar ha sorprendido y decepcionado a sus compañeros. ‘Sabíamos que Kareem bajaría un poco su rendimiento’, afirma Magic Johnson, ‘lo que no imaginábamos es que fuera para tanto’. Por su parte, el entrenador, Pat Riley, afirmó lo siguiente: ‘Kareem es el mejor profesional posible, un deportista comprometido. Nadie mejor que él sabe que no está jugando bien’. West, por su parte, comentaba: Kareem tiene que aceptar el hecho de que no podrá acallar las críticas a no ser que empiece a jugar mejor’”.

Finalmente, y tras ese curso 1988-1989, el legendario pívot de Harlem oficializaría su retirada. Pocos meses después, el 20 de marzo de 1990, los Lakers le brindarían el mejor homenaje posible retirando su camiseta en una emotiva ceremonia. Allí, y como bien atestiguó Magic, se pudo observar a un Kareem elocuente, humilde y agradecido. Dispuesto a ofrecer su mejor cara frente a un Forum engalanado para la ocasión.

“Ha sido maravilloso trabajar con estos tipos, hacerlo para los Lakers, y poder jugar delante de todos vosotros. Ha sido uno de los aspectos más gratificantes de mi vida. Quiero daros las gracias desde el fondo de mi corazón. Que Alá os bendiga a todos”.

Es en ese preciso instante en el que el título de mejor jugador de todos los tiempos, un discurso de natural moldeable y cambiante, parece centrar sus miradas más que en ningún otro momento en Kareem Abdul-Jabbar. Con un Magic aún en activo y en la mejor forma de su vida, un Bird en declive por problemas físicos, y un Jordan que todavía batallaba por alcanzar el más alto escalón posible, Kareem acumula más voces favorables a su categorización como “GOAT”. Un justo reconocimiento que buscaba compensar de esta manera todos los años de ostracismo y juicios adversos. Como si, por fin, el aparato mediático se mostrara dispuesto a edulcorar la imagen de Kareem y encumbrarla a lo más alto de la cima. Un cambio de narrativa que hasta al propio jugador le parecía cargada de cinismo.

Sin embargo, es en años recientes cuando ese reconocimiento se ha difuminado en una especie de nebulosa. El ardiente sentimiento de nostalgia en un sector de los aficionados  ha ayudado a potenciar el culto a Bird y Magic. Muchas veces en perjuicio de Kareem, que como ya he ido repitiendo a lo largo de este artículo, queda en la memoria como ese ‘tótem’ veterano que acompañó a Magic en los mejores años del ‘Showtime’. Es este un discurso muy implantado, sobre todo, en territorio español, coincidiendo con el hecho de que fue precisamente durante estos momentos cuando las retransmisiones NBA empezaron a llegar a España de forma más o menos regular (a pesar de que hubiera algún amago anecdótico en años anteriores). El fenómeno de la mejor liga del mundo aterrizó en nuestro país en uno de sus etapas más fascinantes, articulada en torno a un eje de tres cabezas, Bird-Jordan-Magic, que contemplaba a Kareem como un jugador fabuloso, una leyenda viva, pero sin alcanzar el nivel de los otros tres. Quedaba así enterrado, de manera fulminante, todo eso que hizo Jabbar durante la década anterior, desconocida para prácticamente cualquier aficionado a este lado del charco.

Ya en tiempos recientes, con la mediatización absoluta del producto deportivo, hasta jugadores como Kobe Bryant o Lebron James (sobre todo este último) han terminado gozando de más reconocimiento público que Kareem Abdul-Jabbar. Lo que a ojos de cualquier persona verdaderamente informada podría resultar una auténtica injusticia. Y en esas estamos, con un debate machacón que, a grandes rasgos, se empeña en ofrecernos solo dos candidatos. Quedando el tercero a la espera de ser rescatado.

En cualquier caso, queda este alegato como un intento de reivindicar su figura y situarla en el lugar que merece.

Espero que no resulte en vano.

Autor: Javier Bogalo

Baloncesto como pasión, vicio y consuelo.

5 comentarios en “Alegato por Kareem”

  1. Pues como alegato resulta magnífico y esclarecedor, enhorabuena. Yo llegué a conocer la NBA en esos principios-mediados de los ochenta que comentas, con los duelos Lakers-Celtics que prácticamente era lo único que podíamos ver por aquí. Luego llegó el programa de Trecet “Cerca de las estrellas” y comenzamos a conocer y entender mejor este juego. Sabía de la importancia de Kareem en los Bucks, pero no con el detalle que comentas. Abrumador análisis. Por mi parte, siempre he considerado a Michael Jordan como “The GOAT” por muchas razones, como la capacidad competitiva, su manera de progresar y mejorar todas las facetas del juego, y me sorprende esa obstinación por Lebron James, al que no considero a la altura.
    Ah, y una última cosa, qué gran copiloto/actor se perdió tras “Aterriza como puedas”, ja, ja, ja.

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    1. Muchas gracias por haberte tomado la molestia de leerlo y por escribirme este comentario, que además me hace especial ilusión por haber llegado directamente en esta plataforma. A mí el Kareem de Milwaukee es una de las figuras deportivas que más me atrae, por lo titánico de su rendimiento deportivo (hay argumentos para defender que llega a ser el mejor jugador ofensivo y defensivo de la liga al mismo tiempo, con lo que ello implica) y por las turbulencias que rodearon su vida extradeportiva. Es un caso realmente fascinante de estudiar. Recibe un cordial abrazo y de nuevo gracias por el comentario. Saludos.

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  2. Uno de los más grandes; sin duda entra en el debate del mejor jugador de la historia. Analizando la década de los 70, tenemos a un jugador que fue el mejor jugador de la NBA durante más de 10 temporadas. Sus números en playoffs subían y siempre tuvo a sus equipos rindiendo a un nivel superior.

    Gran entrada. Gracias.

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